Por Isabel Rubio y Rafael Olavarría, de Factchequeado; y Lixandra Díaz, del Centro Integral de la Mujer Madre Tierra (CIM-MT)
Diversos estudios han revelado que la incertidumbre provocada por las políticas migratorias del gobierno de Donald Trump pueden provocar en la comunidad migrante de Estados Unidos ansiedad, depresión y estrés postraumático, algo que también puede impactar negativamente en el desarrollo emocional en niñas, niños y adolescentes.
En esta nota te contamos qué estrategias recomiendan los expertos para manejar la incertidumbre y proteger tu salud mental.
Incertidumbre frente al miedo de ser deportado
El Dr. Arthur Evans, Jr., director ejecutivo de la Asociación Estadounidense de Psicología (APA), indicó en un comunicado que los estudios psicológicos han demostrado que “la detención, la deportación, la separación familiar y la amenaza constante de estas acciones generan estrés crónico que aumenta la ansiedad, la depresión, los síntomas relacionados con el trauma y los riesgos de salud a largo plazo” y que “estos daños son especialmente graves para los niños, cuyo desarrollo emocional depende de relaciones de cuidado estables y seguras”.
Andrea Cabrera, psicóloga que trabaja con personas migrantes en la organización sin fines de lucro Hispanic Unity of Florida, indicó a Factchequeado que, en su experiencia, “el impacto más significativo en la salud mental de estas familias es la incertidumbre; vivir en constante expectativa de lo que puede suceder, sin claridad sobre cómo se verá el futuro cercano”. Esto genera, añadió Cabrera, “altos niveles de ansiedad y estrés crónico, acompañados de dificultades para dormir, preocupación constante, irritabilidad y desesperanza”, lo que provoca “un desajuste emocional que afecta tanto a los adultos como a los niños”.
Carola Suárez-Orozco, psicóloga y directora de Immigration Initiative en la Universidad de Harvard, dijo a Factchequeado que “vivir en la ambigüedad, vivir en la precariedad, vivir en la incertidumbre, es uno de los desafíos humanos más difíciles, sin importar cuál sea tu origen” y ello “casi siempre conduce a ansiedad y depresión para la mayoría de las personas”.
Amanda Venta, profesora asociada de Psicología, psicóloga clínica licenciada y directora del Laboratorio de Estudios sobre Juventud y Familia en la Universidad de Houston, explicó a Factchequeado que “vivir con estrés crónico e incertidumbre pasa factura al cuerpo, desregulando el sistema de respuesta al estrés y generando consecuencias para todo tipo de afecciones de salud física y mental”.
“Sabemos, por ejemplo, que vivir con el miedo a ser deportado o a que un familiar sea deportado está asociado con una serie de consecuencias negativas para la salud, probablemente debido al estrés que esto genera”, explica la experta.
Hedels González, creadora del proyecto Emigrar hacia Adentro y psicóloga clínica con diplomado en Salud mental en situaciones de violencia política y catástrofe con foco en migrantes de América Latina, dijo en entrevista con el CIM-MT que cuando nos referimos al contexto que viven muchos migrantes hoy día en Estados Unidos “no estamos hablando de una preocupación, estamos hablando de un estado de amenaza persistente”.
“[Tener] el sistema nervioso activado todo el tiempo [...] impacta en el sueño, la memoria, la concentración, el sistema inmunológico, la regulación emocional y psicológica”, explicó González, que también atiende pacientes migrantes de Estados Unidos y es miembro del grupo de trabajo ‘Movimientos migratorios, refugio, asilo y relaciones interculturales’, del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña (COPC).
Cómo diferenciar el estrés por incertidumbre prolongada del estrés por otras causas
Cuando la sensación de inseguridad se experimenta de manera prolongada, la persona puede sentir “distimia, estado de ánimo bajo, pérdida de sentido”. Y estas sensaciones recaen “sobre una persona que tiene de base, probablemente, un duelo migratorio, que está asumiendo la pérdida de su país, de red, de identidad previa”, según explica González, que añade que para minimizar los riesgos es importante identificar cuándo el malestar es acarreado específicamente por la falta de certezas.
Para la experta, “hay patrones muy claros” que pueden servirte:
Primero: El malestar fluctúa alrededor de las noticias sobre la migración. Si cada vez que vemos una información, la sintomatología, la somatización en el cuerpo y los pensamientos rumiantes suben, hay un vínculo claro.
Segundo: La preocupación gira alrededor de escenarios administrativos, legales, externos, más que de conflictos internos.
Tercero: Aparece la sensación de vida suspendida. Se reduce la toma de decisiones importantes desde qué hacer con el dinero, cambios laborales, estudios y hacia dónde moverse.
Muchas de estas sensaciones se activan cuando las personas consumen informaciones diariamente, ya sea por la televisión, radio, redes sociales u otras vías, en busca de novedades y respuestas que les permitan recuperar el control sobre la planificación de su vida.
Al respecto, González señala que si bien debemos estar al tanto de las noticias por el impacto que tienen en nuestras vidas, la forma en la que se produce la información actualmente es “muy invasiva y emocionalmente muy intensa”.
“Si cada día tú confirmas que este peligro está [...] el cuerpo aprende que debe estar listo todo el tiempo”, precisa. En consecuencia, lo somatiza a través de “tensión muscular persistente, problemas gastrointestinales, sintomatología asociada a palpitaciones, opresión en el pecho, dolores de cabeza intensos, bruxismo, insomnio, enfermedades de la piel”.
En suma las personas migrantes pueden experimentar “pensamientos catastróficos repetitivos, dificultad para concentrarse, dificultad para relacionarse y en la conducta directamente evitación, irritabilidad, mayor conflicto familiar, paralización”. No obstante, puntualiza González, es necesario “tener conciencia de que eso es una expresión de lo que está pasando, y no que necesariamente tenemos que hacer algo con eso. [...] Esto está llegando a nosotros para decirnos de alguna manera que nos sentimos en peligro” y cohibir las emociones también pueden sumar un gasto de energía al proceso.
Estas consecuencias pueden agravarse cuando los factores de estrés y los peligros hacen que las personas sean menos propensas a buscar atención médica rutinaria o necesaria y a cuidarse a sí mismas y a sus familias de otras maneras. Así lo indicó Venta, que consideró que las redadas en escuelas, iglesias, tribunales y centros médicos” y las acciones de los agentes migratorios en estos lugares “ponen en riesgo la seguridad y la salud de todas las personas”.
Consejos de expertos para manejar la incertidumbre
Según Venta, los migrantes latinos en Estados Unidos deberían estar atentos a señales de angustia emocional o trauma, como tensión y dificultad para relajarse, sensación de estar abrumado, problemas para dormir y cambios en el estado de ánimo. “Son señales de que el cuerpo está bajo presión y de que podrían surgir riesgos más graves para la salud mental y física”, explica.
¿Qué consejos o estrategias pueden ayudar a los migrantes hispanos a enfrentar la incertidumbre sin quedar paralizados por el miedo y mantener el control emocional? “Los inmigrantes, como todas las personas, son resilientes frente a muchas adversidades y factores de estrés, en parte porque priorizan las relaciones interpersonales en sus vidas”, responde Venta.
Según la experta, los lazos familiares cercanos, las conexiones sólidas con la comunidad, el entorno escolar, y los valores culturales que nos unen a través del tiempo y el lugar son poderosos antídotos contra el estrés.
González, por su parte, recomienda valerse de la “economía emocional” dado que en contextos prolongados de incertidumbre, “la meta no debería ser eliminar esa incertidumbre sino más bien administrarla”.
En función de ello recomienda:
Aceptar la realidad: significa reconocer que hay riesgo, no minimizarlo, pero tampoco amplificarlo más allá de los datos reales y objetivos que tenemos.
Hacer dos listas respondiendo a las preguntas: ¿Qué depende de mí hoy? ¿Qué no depende de mí hoy? Actuar sobre la primera lista.
Dosificar la información: Establecer ventanas de horarios definidas para consumirla y seleccionar fuentes claras y confiables. También, cuestionarse si lo que se consume ayuda exactamente a resolver una de las tareas o problemas del día.
Establecer rutinas: Seguir horarios básicos y pequeños rituales diarios en un espacio donde nos sintamos protegidos. “Utilizar la rutina no como la rigidez, sino como un ancla, porque la rutina muchas veces ayuda a recuperar esa sensación de control”.
Actividades variadas accesibles: Cuidar dentro de lo posible la alimentación, practicar la respiración y movimientos corporales. También, aplicar agua fría en el cuerpo en momentos puntuales. Escribir, soltar, validar, compartir la información y/o tener contacto físico –si existe la posibilidad– con personas seguras.
Estar en contacto con la comunidad: Aunque sea virtualmente, compartir con otras personas dado que “la corregulación en esto es uno de los factores más protectores que existen”.
Pedir ayuda, ajustar expectativas: Aceptar que no se puede funcionar al 100%. Ser consciente de que funcionar en algún porcentaje menor en un momento de estrés o incertidumbre ya es un logro.
Las recomendaciones de Cabrera coincidieron con las de Venta. La experta destacó la importancia de aceptar las emociones, enfocarse en lo que sí está bajo control, fortalecer las redes de apoyo y buscar apoyo profesional.
Suárez-Orozco remarcó la importancia de “normalizar lo que sientes” porque “no estás imaginando esto. Es realmente un momento muy difícil, en medio de un ataque xenófobo y racializado contra seres humanos, sin consideración por las consecuencias para las personas detenidas y sus familias, y es muy grave”.
Frente a ello, la experta destaca la importancia de conectar con personas de confianza, construir comunidad, y tener “plan A, plan B, y plan C”. Además, dijo que “estamos en medio de un huracán, pero toda tormenta termina pasando” porque “ningún desastre dura para siempre”, y lo importante ahora “es maximizar la supervivencia”.
Cómo ayudar a las infancias a vivir en estos contextos
“Es común en la experiencia clínica encontrarme con niños y adolescentes llenos de miedo y ansiedad, dificultades en la escuela y preocupación constante por la seguridad de sus padres”, afirma Cabrera, advirtiendo que “los niños y adolescentes también perciben el estrés de los adultos y la información que reciben de distintos medios”.
Por otro lado, González explica que “el cerebro en desarrollo es muy sensible al estrés crónico mantenido, a los estados de alerta mantenido”. Por ende, vivir estas experiencias en edades tempranas puede desencadenar dificultad para regular emociones y problemas para definir señales de peligro y amenaza.
“Si el niño aprende también que las figuras como el Estado, las instituciones, están asociadas, a miedo, a separación, esto desarrolla además una desconfianza estructural importante”, explica la experta, y añade que pueden percibir el mundo menos seguro y mantener esta percepción incluso cuando disminuye la amenaza porque el patrón queda en ellos y lleva tiempo de recuperación.
Ante la misma pregunta con respecto a la etapa de la adolescencia, González recuerda que si en este periodo de desarrollo “tu grupo es problemático, no eres bien recibido, tu grupo está bajo sospecha o tu familia puede ser expulsada”, evidentemente surge un conflicto identitario. Se establece la vergüenza, por tanto, puede existir algún tipo de distanciamientos a la cultura de origen o una radicalización defensiva hacia algún espacio”.
En general “crecer bajo incertidumbre migratoria no solo afecta el ánimo, las emociones o no, afecta la manera en que una persona aprende a verse dentro de un estado, dentro del mundo. No es solo estrés o ansiedad, es identidad, es pertenencia y en relación con tu posición, con tu autoridad en construcción”, concluye la especialista.
No obstante, hay prácticas que los tutores pueden seguir para fortalecer la salud mental de niños migrantes entre las que están la respiración, el pensamiento positivo y la búsqueda de espacios de conexión y comunicación donde puedan expresarse y sentirse escuchados.
Los niños también muestran una gran resiliencia, según señala Venta. Los vínculos cercanos con los padres, la escuela y los compañeros, junto con la comunicación abierta con adultos de confianza, son factores clave que fortalecen esa capacidad para adaptarse y enfrentar situaciones difíciles.
Cabrera aconseja hablar con los niños y adolescentes “de manera apropiada para su edad” porque “cuando no reciben información del núcleo familiar, suelen imaginar escenarios más catastróficos que aumentan su ansiedad”, y recuerda que es importante que los padres cuiden su salud mental. “Los adultos necesitan espacios para procesar sus emociones y así poder sostener mejor a sus hijos”, afirma la experta.
Este artículo es una colaboración entre Factchequeado y El Centro Integral de la Mujer Madre Tierra Súmate y verifica los contenidos que recibes enviándolos a nuestro WhatsApp +16468736087 o a factchequeado.com/whatsapp.
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