Transcripción
¿Qué se te viene a la mente cuando digo Katrina? Es muy probable que lo que te imaginas cuando escuchas ese nombre… no sea una persona.
Quizás pienses en, no sé, altares, calaveritas de azúcar, pan de muerto, el olor a calabaza y la famosa litografía de José Guadalupe Posada que se convirtió en la imagen del Día de Muertos.
Quizás pienses en… you know… LA Catrina.
Nadie se metería con la idea de que es un símbolo de lo mexicano en cualquier lugar del mundo.
Pero, sin duda, es un símbolo de la muerte, también.
En eso, la otra Katrina de la que quiero hablarte hoy se parece más a esa segunda imagen… porque muchos otros pensarían en otra cosa cuando les digo Katrina. Dirían: “Uy, eso es lluvia, eso es truenos, thunderstorm, relámpagos, viento, mucho, muchísimo viento”.
Piensan en Hurricane Katrina. Uno de los más mortíferos de la historia de los Estados Unidos.
Hoy puede parecer normal que un fenómeno natural como un huracán tenga un nombre propio, como tú. Pero, si lo pensamos bien, sigue siendo algo… raro. I mean, cuando hay un terremoto no es que decimos:
"Ay, es que el Juan Carlos ese me tumbó la casa", no, no, no.
Ni terremotos, ni incendios, ni tornados, ni cualquier tormenta tienen nombre como lo tienes tú, no se llaman ni Jesús, María ni José así como así.
¿Y por qué estoy con esto dándome vueltas y vueltas en la cabeza? Porque la importancia de entender estos nombres es cada vez más urgente. No es broma. Mira, con los aumentos de la temperatura del mar y los niveles del océano, cada vez hay ciclones que se vuelven más intensos más rápido; eso puede generar inundaciones mucho más profundas, vientos mucho más destructivos y… menos tiempo para prepararnos o para evacuar si es necesario. Así que listen up, porque las comunidades latinas en Estados Unidos solemos enfrentar una vulnerabilidad desproporcionada ante los huracanes. Pon cuidado… porque conocer estos nombres es cuestión de vida o muerte.
Esto es “Frío, tibio, caliente”, un podcast de Factchequeado producido por Sillón Estudios que lleva información verificada sobre el cambio climático a las comunidades latinas en Estados Unidos. En este episodio: ¿Son más mortales los huracanes con nombres de mujer?
En el Atlántico es normal que haya tormentas, claro… pero no todas son ciclones, no señor. Y esos son los que pueden llevar nombre, si sus vientos alcanzan cierta velocidad. Pero let’s go slow, más bien, paso a paso. Primero: ¿qué es un ciclón?
Un ciclón tropical es una tormenta que gira rápidamente y se origina sobre los océanos tropicales. Si el ciclón va a menos de 63 kilómetros o 39 millas por hora, se le llama de otra manera: depresión tropical. Y, ojito a esto: por encima de esa velocidad el ciclón tiene un nuevo nombre: tormenta tropical… y ahí es cuando recibe un nombre propio. Como Katrina.

Pero la tormenta tropical cambia otra vez cuando alcanza una velocidad de 74 millas o 119 kilómetros por hora. Su nombre propio se mantiene pero recibe un ascenso como ciclón: pasa de tormenta a huracán.
Para el Atlántico, que es el océano que afecta a Estados Unidos en este tema, la selección de nombres propios de huracanes sigue unas reglas bien precisas.
Mira, los nombres tienen que ser breves, fáciles de pronunciar, no pueden ser ofensivos y tampoco pueden repetirse entre regiones distintas.
Y tú estarás wondering para qué es todo esto de los nombres de los huracanes. Bueno, mira, en principio, el nombre de una tormenta cumple una función: hacer la comunicación más fácil. Las tormentas son fenómenos que recorren miles de kilómetros y que cambian mucho de intensidad, velocidad y demás, y prepararse frente a ellas muchas veces hace varios países tengan que coordinarse en inglés, en español, en francés, en fin, en distintas lenguas. Así que es mucho mejor asignarles un nombre.
Ahora, ponte a pensar en tu nombre y en quién te lo puso y por qué. ¿Fue en honor a alguna religión, o por algún ser querido, o por algún rey o reina de por allá lejos? Ahí te vas a dar cuenta que detrás de tu nombre hay mucha historia: hay cargas simbólicas, culturales y emocionales. Y mira que con los huracanes… pasa exactamente lo mismo. Y eso, más que ser un dato curioso… puede afectar nuestras vidas. Muchísimo.
Te cuento por qué con un estudio que salió a la luz en junio de 2014. Resulta que ese estudio, que se publicó en la revista científica Proceedings of the National Academy of Science, planteaba una pregunta sencilla pero difícil de responder:
“¿Son los huracanes femeninos más mortales que los huracanes masculinos?” O sea, imagínate el tamaño de la pregunta.
Lo que hicieron los investigadores de la Universidad de Illinois para explorar esa duda fue que usaron más de seis décadas de datos históricos sobre tasas de mortalidad de huracanes, y después pasaron a hacer una serie de encuestas experimentales para averiguar, ojo a esto, es que me da hasta stress: si juzgamos a los huracanes basados en si tienen un nombre femenino o masculino.
Yo sé que la pregunta suena al principio un poco ridícula, a mí también me lo pareció al principio; pero la realidad es que mucho de lo que vivimos tú y yo on a daily basis está influenciado por expectativas y sesgos inconscientes… ¿O por qué nos da gracia, no sé, cuando una persona muy grande tiene el nombre de alguien muy pequeñito?
Justamente porque tenemos una expectativa con Juanito que después se rompe cuando vemos que el Juanito mide seis pies y medio, ¿o no?
Cuando escuchas el nombre Katrina, ¿piensas en muerte, o en calaveritas de azúcar?
My point is: si esos sesgos influencian nuestra conducta a la hora de reaccionar ante un huracán, es decir, si un nombre nos lleva a considerar un huracán más o menos peligroso, el asunto de ponerle un nombre apropiado se vuelve más que un tema de comunicación o que un chistecito barato. ¡Literal es tema de vida o muerte!
Volvamos al estudio. Para la investigación se establecieron primero una serie de expectativas.
Para los hombres esas expectativas se asociaron con fuerza, competencia y agresividad. A las mujeres, en cambio, con debilidad, calidez y pasividad.
Los investigadores recolectaron los datos de fatalidades de huracanes en los Estados Unidos desde 1950 a 2012 y, luego, tras varias encuestas donde los encuestados, que no saben la hipótesis del experimento, establecieron qué tan masculinos o femeninos les parecen los nombres de esos huracanes.
Y los resultados son...interesantes. Si juntamos los huracanes severos, es decir, los que provocaron mayores pérdidas en vidas humanas, vamos a encontrar que los más letales tenían nombres femeninos. ¡Mucho más!
Los investigadores señalaron que, si bien no se puede afirmar con certeza el por qué, el patrón que observaron después de analizar datos de varias décadas podría reflejar una forma de sexismo implícito. ¿Y cómo te traduzco esto, a ver?
Pues que los huracanes con nombres de mujeres podrían ser percibidos como menos peligrosos y, por lo tanto, la gente podría no reaccionar igual a las alertas y eso llevaría a mayores muertes. ¿Ah? ¿Qué tal eso?
Tengo que decir también que el estudio no está exento de críticas. Hay dos problemas principales con los datos, según diversos expertos que debatieron este estudio.
Primero: antes de 1979, todos los huracanes tenían nombres femeninos, lo que crea una desproporción evidente en los datos del registro histórico.
Los huracanes severos con nombres femeninos han matado más gente simplemente porque antes de 1974… pues sólo había huracanes con nombres femeninos.
Segundo: desde 1950, cuando se empezó a nombrarlos, los sistemas de alerta y prevención han mejorado ¡mucho, muchísimo! Esto significa que cualquier comparación entre huracanes masculinos y femeninos puede ser engañosa, porque los nombres masculinos solo aparecen después de 1979, cuando ya contábamos con mejores métodos para enfrentarlos.
Y esa es sólo una de las muchas razones que nos llevan a concluir que no se puede afirmar con certeza que los huracanes femeninos sean más letales.
Tampoco podemos probar que somos tan sexistas como para preferir morir antes que tomarnos en serio a un huracán con nombre de mujer.
Pero sí podemos decir, sin mucho margen de duda, que al nombrarlos, los meteorólogos no siempre dejaron al machismo fuera del pronóstico. Y esa historia va así. Let’s go back al año 1941.
Estados Unidos se une a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial
Unos dos millones de soldados son enviados al Pacífico, a una guerra donde cada metro de arena se paga con sangre.
Y junto a estos soldados viaja también un libro que va a darle la vuelta total a la historia de los huracanes. Una novela de ficción que fue escrita por un historiador y profesor de inglés de la Universidad de Berkeley.
¿De qué va el dichoso libro? Bueno, cuenta la historia de un meteorólogo de la oficina del clima de San Francisco que, en 1935, empieza a monitorear un ciclón que se genera cerca de Japón y amenaza la costa oeste estadounidense. A lo largo de la novela, el meteorólogo estudia el avance de la tormenta.
Lo estudia y lo estudia y hasta que empieza a sentir una mezcla de fascinación… y terror. La tormenta crece y crece y para el meteorólogo se vuelve… casi que humana: impredecible y caprichosa, con una voluntad de avanzar que escapa lo lógico, lo racional. Así que el meteorólogo se conmueve y decide que el ciclón debería tener un nombre. Le pone… María.
Bueno. Le pone Ma-rai-a. Pero es María. La novela es de George Rippey Stewart. Y se llama Storm.
Storm fue un bestseller de su época que viajó en una edición militar de bolsillo. Nadie sabía en ese momento, pero ese libro iba a volverse la razón de una costumbre que tenemos… hasta hoy.
Ahora, lo que pasa con eso después es aún más curioso. Quiero que te imagines lo siguiente: en 1944, dos soldados fueron destinados a una base de la Fuerza Aérea estadounidense en Saipán, en las Islas Marianas del Norte. Su tarea no era estar en el frente sino observar el mar, seguir las nubes y anticipar tormentas.
Piensa esto: estos jóvenes estaban lejos de casa, rodeados por el mismo océano que protagonizaba este libro Storm, y siendo meteorólogos, como su protagonista, había demasiadas resonancias. La novela debía rondarles la cabeza a esos dos chicos. Entonces, fueron ellos dos los primeros que establecieron la práctica mientras se ocupaban de los pronósticos de ciclones en el Pacífico. No sabemos exactamente cómo lo hicieron. Pero sus nombres quedaron en la historia: Bill Plumley, y Reid Bryson.
Resulta que gracias a ellos dos, para 1945, las Fuerzas Armadas vieron los tifones del Pacífico Occidental y empezaron a nombrarlos de manera oficial. Y como nombres oficiales usaron (escucha esto, es que se pasan, de verdad): los nombres de la esposas de los meteorólogos militares de Guam y las Filipinas.
Pasa casi una década de un va y viene de si ponerle nombre o no a los huracanes hasta que, en 1953, la Oficina Meteorológica de Estados Unidos finalmente accedió a la práctica de las Fuerzas Armadas de utilizar nombres de mujer. Ya no había vuelta atrás.
Eso quiere decir que para la temporada de tormentas de 1954, el Atlántico dejó de ser un mar de tormentas anónimas y se llenó de… de damas, básicamente:
Bárbara.
Florence.
Alice.
Y la devastadora Carol… que alcanzó vientos de 135 millas o 217 kilómetros por hora.
Y Stewart, el autor de Storm… ¿De dónde sacó la idea?
En la introducción a una de las ediciones posteriores del libro, Stewart cuenta que se inspiró en un meteorólogo llamado Clement Wragge, miembro de la Royal Geographical Society que durante su estadía en Queensland, Australia, comenzó a usar el nombre de personas para los ciclones. Los sentía tan personales que creía que tenía que darles nombre propio.
Pero este novelón no acaba allí, no sir.
Tiene un giro más.
Un giro que empieza en 1969, cuando la Organización Nacional de Mujeres envió un mensaje al Centro Nacional de Huracanes en Miami con una petición: que los huracanes no tuvieran sólo nombres femeninos.
Al comienzo la Oficina Metereológica rechazó todo eso como una más de tantas peticiones que le llegaban a la puerta todos los años, silly thing. Una de ellas, por ejemplo, sugería ponerle el nombre de congresistas.
Yo lo hubiera hecho.
Durante años, activistas feministas intentaron movilizar a la opinión pública a favor de incluir más que sólo nombres femeninos. Y, claro, hubo resistencia al cambio. Pero la resistencia, curiosamente, nos vuelve a poner a pensar en ese paper que dijo en 2014 que los huracanes con nombres de mujeres eran más letales y que también fue muy debatido.
La historia, cuando no es trágica, parece que se vuelve irónica, ¿no te parece?
Bueno, el punto es que, al final, en 1978, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica cedió. Decidió usar nombres de mujeres y de hombres para la siguiente temporada de huracanes. La presión funcionó pero claro que hubo reclamos al respecto. Hay uno del 11 de julio de 1979 que me parece tan wholesome que te lo tengo que compartir.
Es una columna de opinión del periodista Joe Doggett. La escribió para el Houston Chronicle cuando se anunció el nombre del primer huracán hombre.
“Bob. El Huracán Bob.
Absolutamente ridículo. El mar es ella. Pescadores y marineros alrededor del mundo saben eso”.
La columna es más larga, pero lo que me parece interesante es que el señor Joe tiene razón en algo y es que pasa esto: en occidente, según la tradición cultural y literaria, el mar y las tormentas han sido entendidas como una figura femenina no por su supuesta delicadeza o mansedumbre sino por su poder destructivo y por su capacidad de caos. Una visión muy masculina de lo femenino, sin duda… pero que nos hace pensar en las experiencias que tienen las personas entre sí para llegar a esa conclusión.
Y es que a lo largo de la historia, darles rasgos de personas a los huracanes sirvió para comunicar su peligrosidad, fomentar la prevención y actuar frente a estos fenómenos naturales. Una especie de reverencia y respeto de su poder. Un personaje al que ponerle cuidado y que tiene una capacidad, muy real, de afectar nuestras vidas. Y si no me crees esto de los personajes… piensa tu ex.
Las comunidades latinas en Estados Unidos solemos enfrentar una vulnerabilidad desproporcionada ante los huracanes. No es solo una cuestión geográfica: hay una alta proporción de latinos en algunos de los estados más expuestos a huracanes, como Florida, Texas o Luisiana.
Es un problema también estructural: las comunidades latinas tenemos mayor probabilidad de residir en viviendas más vulnerables a las emergencias ambientales, tenemos empleos que dificultan la evacuación temprana y barreras lingüísticas que complican el acceso a alertas, advertencias y servicios de información. Esa combinación hace que un huracán no sea únicamente una amenaza meteorológica, no señor. Es también un evento que amplifica desigualdades que ya existen.
Vayamos a los casos históricos, que muestran cómo estas brechas se traducen en impactos humanos concretos. Muchos recordamos al huracán Andrew de 1992, una tormenta de categoría 5 que devastó el sur de Florida y expuso fallas en códigos de construcción que afectaron especialmente a trabajadores migrantes latinos. Más de diez años después, el huracán Katrina, en 2005, dejó en Nueva Orleans un mapa de desigualdad muy brutal: barrios latinos y afroamericanos fueron los más golpeados por los diques rotos, la respuesta oficial frente a eso fue lentísima y hubo pérdida total de viviendas, de empleos e infraestructura.
O más recientemente, en 2017, el huracán Harvey que devastó en Texas vecindarios con alta población de latinos. Así que, tengan nombres femeninos o masculinos, los huracanes merecen nuestra atención. Todos deberíamos saber qué hacer en caso de que uno amenace los lugares donde vivimos nosotros o nuestros seres queridos. Así que take notes, porque esto puede salvar tu vida.
La preparación comienza antes de la tormenta, eso es fundamental: debes identificar un refugio y preparar un kit de emergencia con documentación importante, medicación, dinero en efectivo y linternas. Te repito: kit de emergencia con documentación importante, medicación, dinero en efectivo y linternas. Eso es lo primero primero. Ya en caso de evacuación, es importante que sigas las rutas establecidas y que evites atajos y áreas inundadas.
Ojo, en todo momento hay que tener cuidado con la información: fíjate en las fuentes fiables, como FEMA, la Cruz Roja y la radio del tiempo de la NOAA. Allí se actualizan rutas, centros de evacuación y alertas reales. Keep in mind que en momentos así, la desinformación se propaga con una velocidad igual o mayor que el propio huracán: hay falsos pronósticos, consejos peligrosos, rumores sobre rutas seguras o vídeos modificados para generar pánico…
Creer en una fuente no verificada puede costar vidas. Es en serio. Por eso, en emergencias climáticas solo se debe confiar en organismos oficiales y medios con reputación comprobada; todo lo demás conviene ignorarlo.
No sólo por el peligro que representa el paso de la tormenta, sino incluso por lo que ocurre después de que la tormenta haya pasado.
Las lluvias pueden haber parado, pero eso no quiere decir que no haya peligros. Un estudio de 2023 del Centro Nacional de Huracanes concluyó que, en los últimos 10 años, ha habido casi el mismo número de muertes indirectas que directas asociadas con huracanes o tormentas tropicales. Las muertes indirectas son aquellas que no ocurren directamente por la tormenta, pero que no se habrían producido de no ser por ella. Así que ojo con eso.
El agua de inundación es uno de los riesgos más traicioneros. Parece tranquila, pero puede arrastrar vehículos, ocultar huecos, transportar químicos o esconder cables eléctricos. La regla es simple: evita el agua de inundación por completo y, si no hay manera de rodearla, usa chaleco salvavidas y lávate enseguida con agua y jabón o desinfectante una vez estés fuera de ella. Un cable caído también es una amenaza grave: nunca debes tocarlo ni cruzar cerca de él, y si hay agua estancada alrededor, debes asumir que puede estar energizada, energized. Ah, y debes reportarlo a la empresa eléctrica a la que pertenece.
¿Y qué pasa cuando quieras volver a casa? No debes entrar sin evaluar antes los daños y asegurarse de que sea seguro, porque pudo haber pasado muchísimo ahí dentro. las estructuras dañadas pueden tener fugas de gas, paredes debilitadas o circuitos comprometidos. Si aparecen ruidos extraños, olores inusuales o vibraciones, debes salir de inmediato. Los generadores portátiles, aunque son útiles, liberan monóxido de carbono y solo pueden operar en exteriores y lejos de ventanas. Igualmente, ningún equipo eléctrico mojado debe encenderse, cortar la energía desde el panel solo es seguro si no hay agua alrededor, y si la hay, debes esperar a un electricista certificado.
La comida también se convierte en un punto crítico. Todo alimento que haya tocado agua de inundación tienes que desecharlo, igual que lo perecedero si la refrigeración falló. Para beber, únicamente agua embotellada, hervida o tratada. Cuando revises espacios oscuros, lo indicado es usar linternas y nunca velas, ya que una chispa puede encender una fuga de gas.
Y todo esto es durísimo para la salud mental, por supuesto, así que no debes descuidarle: los CDC, encargados del control de enfermedades, recomiendan ejercicio moderado, limitar la exposición a noticias, evitar el alcohol en exceso y acudir a líneas de apoyo si la ansiedad te desborda.
Pensar en todo el daño que puede hacer un huracán me recuerda a por qué hoy, cuando un huracán causa una destrucción excepcional, el comité internacional que gestiona las listas de nombres realiza un acto simbólico.
Lo que hace es retirar el nombre de las tormentas de futuras listas. Y, con esto, lo preserva como recuerdo de lo vivido. Como ha pasado con Katrina, Maria o Mitch.
Se convierte en un hito histórico, una advertencia sobre la fragilidad del territorio y de nuestras vidas frente a un fenómeno que podemos comprender, respetar, nombrar y debatir… pero que nunca, nunca, podremos controlar.
Referencias de la investigación:
Cómo, quién y por qué se nombran los huracanes - Factchequeado
Female hurricanes are deadlier than male hurricanes | PNAS
¿Maya o taíno? El origen incierto de la palabra "huracán"
La tríada: Guabancex - Coatrisquie - Guataubá. Male Named Storms Would not be respected
http://www.heidorn.info/keith/weather/arts/storm.htm Do Hurricanes With Female Names Cause More Deaths Because People Don't Take Them Seriously?

