¿La cerveza te hace más apetecible para los mosquitos? Spoiler alert: la ciencia dice que sí. La explicación es fascinante y tiene que ver con cómo estos insectos rastrean tu sudor y aliento.
Pero los mosquitos son mucho más que una molestia de verano: causan más muertes al año que cualquier otro depredador. Estos insectos pueden transmitir dengue, malaria, zika, fiebre amarilla o chikungunya.
En el segundo episodio de Frío, tibio, caliente, el podcast de Factchequeado, se explica cómo nos afectan los mosquitos, cómo el calentamiento global altera los ciclos de estos insectos y cómo un científico cubano dio con la clave para combatir la fiebre amarilla.
Transcripción
Cada verano se repite la misma escena: estás ahí, a la orilla de la alberca, con los pies dentro del agua que todavía conserva el calorcito que le regaló el sol durante la tarde.
El sol está bajando y todo se cubre de una luz espectacular. La temperatura cálida es agradable, el viento sopla suavecito y bebes un gran sorbo de una bien fría que traes en la mano. Dime si esto no es el paraíso. Porque para mí: YES IT IS.
Pero un libro famoso sugiere que todo paraíso tiene su serpiente, aunque en este caso no es un reptil… sino una criatura que casi ni se percibe a veces, y que tiene una capacidad increíble para arruinarte el rato.
A uno siguen dos. Y donde hay dos, llegan cientos. En cuestión de minutos un relajante descanso se vuelve una incómoda batalla campal entre tú y estos chupasangre. Y, so sorry pero no importa cuánto manotees o cuantas capas de ropa uses: las ronchas aparecen y el resto de las vacaciones te la pasas rascando y abusando de la efímera protección de los repelentes. Y aquí es donde surge una de esas dudas que todos hemos compartido en una reunión con amigos o con la familia: ¿Por qué hay gente que parece un imán para los mosquitos mientras que otros salen invictos?
Seguro te ha pasado. Estás con alguien que a quien ni lo miran los mosquitos, mientras tú ya pareces un mapa de las islas de Polinesia de tantas picaduras. Ahora, antes de que empieces a pensar que el universo tiene algo en tu contra, hay que entender que esto no es nada personal. Es pura y dura evolución. Para entender al enemigo, primero hay que conocerlo, y la neta es que hemos vivido rodeados de mitos sobre estos bichos durante siglos.
Que si la "sangre dulce", que si comer ajo los espanta, que si la vitamina B te hace invisible... Olvida todo eso. La realidad es mucho más fascinante y, al mismo tiempo, más sencilla.
Y comienza con esa cerveza fría que te tomaste en la alberca.
Pues resulta que la ciencia ya se puso a investigar este asunto. Y la respuesta es sí. No es que tengas mala suerte ni que el mosquito tenga un sofisticado paladar para las bebidas a base de malta y lúpulo, nope. Hay estudios controlados en los que… escucha esto, jejejej: pusieron a voluntarios a beber cerveza. ¡UN SUEÑO! Luego, los voluntarios contaron cuántos mosquitos se les acercaban. Y los estudios sugieren que el consumo de alcohol aumenta drásticamente la probabilidad de que te piquen. Muy curioso, if you ask me.
Pero no te equivoques, el mosquito no se "emborracha" con tu sangre. Lo que sucede es que tu cuerpo se transforma en un blanco mucho más fácil de detectar.
Cuando bebes cerveza, pasan dos cosas principales: primero, tu temperatura corporal sube ligeramente porque tus vasos sanguíneos se dilatan. Esto es importante porque los mosquitos aman el calor. Segundo, cambia la composición química de tu sudor y tu aliento. Empiezas a emitir señales químicas que, para un mosquito, son como el olor de unos tacos un sábado después del gimnasio, así de sabroso.
Básicamente, esa cerveza te pone en el centro del radar. De repente, te conviertes en el huésped más atractivo de la noche.
¿Pero cómo nos encuentran con tanta precisión, incluso en la oscuridad total? No es por vista. I mean, really, estos insectos son verdaderas máquinas tecnológicas de la naturaleza. Tienen tres sistemas — no uno, no dos, TRES SISTEMAS de rastreo que funcionan en cadena.
Primero, el detector de larga distancia: el dióxido de carbono. Cada vez que exhalas, estás lanzando una señal que los mosquitos pueden detectar a más de treinta metros. Es como si estuvieras lanzando bengalas al aire diciendo "¡Hola, aquí estoy Y TENGO SANGRITA SABROSITA!!".
Cuando ya están más cerca, usan su visión térmica. Pueden "ver" el calor que irradia tu cuerpo en contraste con el aire más fresco de la noche. Por eso, si estás haciendo ejercicio o si, como dijimos, te tomaste una bebida que te calentó la piel, te vuelves un neon light, prácticamente.
Y finally, para el "aterrizaje", usan su sentido del olfato. Tienen receptores que detectan los ácidos lácticos y las bacterias que viven naturalmente en nuestra piel. Cada persona tiene una combinación única de estas bacterias, un "aroma químico" personal. Por eso hay personas que, por pura genética y química cutánea, resultan irresistibles para ellos. No es que seas "dulce", es que eres químicamente perfecto para sus objetivos reproductivos. Es una selección eficiente, fría y totalmente biológica.
Y una cosa más. Deberíamos limpiar el nombre de los mosquitos porque la realidad es que el verdadero problema no son ellos, sino las mosquitas. ¡Solo las hembras pican! ¿Qué tal eso? Y no lo hacen porque tengan hambre de nosotros en el sentido tradicional. Para ellas, nuestra sangre no es "comida", es un suplemento vital. Las mosquitas necesitan las proteínas y el hierro que hay en nuestra sangre para poder producir y desarrollar sus huevos. Sin esa dosis de sangre, su ciclo reproductivo se detiene. Así que, en términos biológicos, tú no eres su cena, eres el recurso que necesitan para ser mamás. So, to put it simply: cada picadura es, técnicamente, una donación involuntaria para que nazca la siguiente generación de mosquitos.
El hermoso ciclo de la vida.
Hasta aquí, el tema puede parecer una curiosidad para platicar mientras te rascas una roncha. Pero la situación cambia cuando nos damos cuenta de que el mosquito no es solo una molestia en una noche de calor. Tenemos que hablar de una realidad que va más allá de un verano cualquiera.
Si hablamos de animales peligrosos para los seres humanos, tiburones y tigres no se comparan, ni de lejos, con el peso pesado a la hora de poner en riesgo la vida humana: los mosquitos.
Y sí, este insecto de patas flacas que hace BZZZZZZ causa más muertes al año que cualquier otro depredador. Suena ridículo, I know, my friend, pero hay una razón: es porque el mosquito es un "vector" excepcional de enfermedades que nos han perseguido toda la vida. ¿Y qué es un vector? Básicamente es un transporte. El mosquito no es el que tiene la enfermedad de origen, sino que la recoge de una persona enferma y la entrega en la siguiente picadura.
Estamos hablando de una lista de enfermedades que en América conocemos demasiado bien: dengue, malaria, zika, fiebre amarilla, chikungunya.
El dengue, especialmente, se ha vuelto un tema de conversación muy recientemente. En 2024, los CDC, que son los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, reportaron un aumento del riesgo de infecciones por el virus del dengue. E incluso se declaró emergencia en Puerto Rico por ser el foco de la mayoría de los casos reportados ese año, que llegaron a más de 10 mil. Para 2025, aunque disminuyeron muchísimo los contagios, los casos en todo país llegaron a poco más de 5 mil. Eso es una buena noticia.
Pero el problema abarcaba muchos más lugares, no se limitaba a los United States solamente, eh. En todo el continente, se registraron números récord de casos de dengue: casi 10 millones en seis meses, el doble de los reportados durante todo el año de 2023.
Y tenemos la buena nueva de que esta situación ha venido mejorando. Mira esto: según la Organización Panamericana de Salud, en las dos primeras semanas de 2026 fueron reportados 60% menos que lo reportado en el mismo periodo el año anterior.
En todo caso, podemos celebrar hoy un poquititito pero estos no son datos para tomar a la ligera. El dengue es una infección viral que en general no tiene síntomas, pero cuándo los hay hablamos de altísimas fiebres, dolor de cabeza, náuseas y erupciones. En algunos casos graves, y en especial cuándo no hay acceso al sistema de salud, la enfermedad puede volverse mortal.
En Estados Unidos la enfermedad no está tan extendida.
Y aquí es donde entra el factor que está cambiando las reglas del juego: el calentamiento global. No es una coincidencia que cada vez haya más dengue en más lugares. El número de casos notificados a la Organización Mundial de la Salud aumentó considerablemente. En 2000 se reportaron alrededor de 500 mil casos. En 2024, fueron 14.6 millones. Su principal vector, el mosquito, le encanta el calor y la humedad. Antes, el frío de ciertas regiones o de ciertas épocas del año servía como una barrera natural; muchos mosquitos just didn’t make it, no sobrevivían.
Pero ahora, con el aumento de la temperatura promedio del planeta, esa barrera se está rompiendo. Los veranos son más largos, los inviernos son más tibios y los mosquitos tienen mucho más tiempo para reproducirse. Un aumento de apenas un par de grados en la temperatura puede hacer que el ciclo de vida del mosquito se acelere. ¿Y eso qué significa? Que el virus del que es vector se desarrolle más rápido y que pueda extenderse a más lugares.
Según Derek Cummings, epidemiólogo de la Universidad de Florida, el cambio climático está aumentando el rango del hábitat del mosquito que transmite enfermedades como el dengue. Lo que antes era un problema limitado a ciertas zonas tropicales, ahora se está convirtiendo en una amenaza para comunidades que quizás no estaban preparadas o acostumbradas para lidiar con los mosquitos. Estamos viendo cómo enfermedades que creíamos controladas vuelven a ganar terreno simplemente porque el clima les dio la bienvenida.
La picadura ya no es solo una molestia vacacional, es una señal de alerta de un planeta que está cambiando sus equilibrios biológicos. El clima no es el único factor: la urbanización, el agua estancada y las políticas de control también afectan este incremento.
Hoy abunda la desinformación y el escepticismo ante el cambio climático. Lo vemos en redes, lo escuchamos en las calles… y let’s be honest: hasta hablamos de eso en la alberca. Y hace más de dos siglos, en un contexto completamente distinto, los hallazgos de un científico de origen latinoamericano que estudió a los mosquitos también fueron recibidos con escepticismo.
Su nombre era Carlos Finlay, un médico cubano que debería ser más conocido en Estados Unidos, pero que durante mucho tiempo fue ignorado por el simple hecho de no pertenecer a las grandes élites científicas de su época.
Picture this: estamos a finales del siglo XIX. El aire está… ugh, contaminado, pero feo, feo. La fiebre amarilla es el terror de las Américas. Y muchísimas personas se gastan fortunas en desinfectar ropa, quemar muebles, limpiar a los enfermos, pero la gente seguía muriendo.
En Cuba, más de 20 mil personas murieron por fiebre amarilla entre 1871 y 1900. Cientos de miles más habían muerto en todo el Caribe desde que los españoles pisaron tierras americanas en 1492.
En ese entonces, los científicos más importantes del mundo estaban convencidos de que la enfermedad se transmitía por los vapores emanados de la suciedad, por el aire contaminado. Esa era la teoría de la cual el mismo Finlay, cuando comenzó su carrera en medicina, estaba completamente convencido: la teoría miasmática de la enfermedad.
¿Y qué era eso que suena tan raro? Es una teoría antigua y ya no se considera correcta pero básicamente se creía que las enfermedades como la fiebre amarilla o el cólera o la peste eran el producto de miasmas, es decir, un aire malo que emanaba de la materia contaminada o podrida.
Honestamente, a Carlos Finlay no le iba súper súper bien: era un médico con una carrera académica sin mucho éxito. Sufría de impedimentos para el habla, por una enfermedad neuronal de su infancia. Su salud le impidió graduarse en 1851 en Europa. Luego, intentó en Cuba, y falló la admisión. Al final, logró estudiar medicina en Filadelfia pero no pudo tener licencia para su práctica en Cuba durante años. Al final, luego de estudiar en el extranjero intentó unirse a la Real Academia de ciencias médicas de La Habana, donde, a pesar de cumplir con los requisitos, se retrasó por siete años.
¿Y por qué te cuento todo esto? Pues mira, resulta que a pesar de la adversidad, Finlay se dedicó a la práctica de oftalmología y, en su casa en Cuba, montó un verdadero laboratorio clínico para sus investigaciones sobre la fiebre amarilla. Durante casi dos décadas se dedicó a estudiarla. Y examinando el tejido de víctimas de la fiebre amarilla, ¿sabes qué dedujo? Que esta enfermedad no provenía de ningún miasma, Que no era algo que se respiraba del aire, no, no, no, sir; la fiebre amarilla tenía otro origen. Sus observaciones lo llevaron a pensar que el agente infeccioso circulaba por la sangre y que debía intervenir un insecto picador para transmitirlo. Así que en 1881, presentó su teoría revolucionaria: la enfermedad era transmitida por una especie específica de mosquito, el Aedes aegypti.
Su teoría fue más o menos ignorada.
Pero Finlay no se rindió; pasó años haciendo experimentos con voluntarios con un juicioso trabajo científico, pero sin resultados concluyentes. Pasaron veinte años. Fue hasta que los médicos militares de Estados Unidos, desesperados porque sus tropas en Cuba estaban siendo diezmadas por la fiebre amarilla, visitaron a Finlay y decidieron intentar comprobar su hipótesis de que los insectos transmitían la enfermedad con experimentos que confirmaron que Finlay tenía razón.
Gracias a su hipótesis –luego confirmada–, se pudieron implementar las primeras grandes campañas de control de mosquitos, primero en La Habana y luego en Panamá, lo que permitió, escucha esto… ¡terminar el Canal de Panamá! ¡TE IMAGINAS EL MUNDO SIN EL CANAL DE PANAMÁ! Y claro, también se salvaron INCONTABLES vidas. La historia de Carlos Finlay es una lección poderosa: la ciencia no tiene nacionalidad. Su hipótesis fue recibida con escepticismo y ridiculizada, en parte porque contradecía las ideas dominantes de la época y en parte porque Finlay aún no contaba con una prueba experimental concluyente.
Esto nos hace pensar que hay personas que mantienen escepticismo al cambio climático, sobre lo que sí hay evidencia concluyente y no podemos darnos el lujo de esperar décadas para escucharlo. Cuando decidimos ignorar las evidencias por prejuicios o por soberbia, WE ALL PAY THE PRICE! No es como que uno espanta a los mosquitos solo por hacerles shu shu con la mano, ¿no? A lo que voy es que hoy, frente al cambio climático, estamos en una situación similar. La ciencia nos está advirtiendo, y no podemos darnos el lujo de esperar otros veinte años para escucharla.
Entonces, ¿qué nos queda? El panorama suena complicado, y no te voy a mentir: lo es. El mosquito es una criatura que ha demostrado que puede adaptarse a muchísimos ambientes. Se ha acostumbrado a nuestras ciudades, a nuestro desorden y a nuestro clima cambiante.
Pero el hecho de que el futuro venga con más zumbidos no significa que tengamos que aceptarlo con los brazos cruzados. No se trata de intentar exterminar a cada mosquito del planeta; ¡eso sería un MAJOR ECOLOGICAL DISASTER, a ver! Se trata de aprender a coexistir en nuestras vidas con las circunstancias cambiantes del clima y los ecosistemas. Así que, take notes, porque estas recomendaciones para coexistir con los mosquitos pueden salvar vidas:
Aunque las soluciones de fondo sobre nuestro impacto en el cambio climático dependen de decisiones políticas y cambios estructurales, también hay acciones pequeñas que cada persona puede incorporar desde ya: ahorrar energía en casa, reducir desperdicios, usar menos el carro cuando sea posible o consumir de forma más consciente, para no generar más basura.
En lo que directamente tiene que ver con cómo evitar el impacto de los mosquitos,lo primero es usar un repelente aprobado por la EPA (es decir, la Agencia de Protección Ambiental). Es importante fijarse en las etiquetas y ver alguno de estos ingredientes: DEET, picaridina, IR3535, aceite de eucalipto de limón (OLE, por sus siglas en inglés), para-mentano-diol o 2-undecanol.
Otras estrategias recomendadas por las agencias especializadas son: dormir con mosquiteros, usar aire acondicionado y usar ropa holgada, manga larga y pantalones con insecticida llamado permetrina. Y por último, entender que los mosquitos ponen sus huevos cerca del agua, así que donde hay agua estancada, muy probablemente hay mosquitos. Se recomienda vaciar cualquier objeto que acumule agua, dejar todo seco y boca abajo, y deshacerse de las llantas viejas y macetas abandonadas. Ah, y también cubrir albercas y bebederos que puedan acumular agua. No es que vayamos a tomar una chelita con los pies en el agua todo el año, ¿o sí?
Pero, mientras tanto, desde aquí, junto a esta alberca, pienso que somos parte de un todo. El calor que sentimos, el agua que disfrutamos y hasta el mosquito que nos molesta, todo está interconectado. El calentamiento global no es algo que está pasando "allá afuera" en los glaciares; está pasando aquí mismo, alterando la biología de los insectos y poniendo en riesgo nuestra salud.
Así que la próxima vez que escuches ese zumbido cerca de tu oído, no solo pienses en el manotazo. Piensa que es una señal de advertencia de la naturaleza. Es un llamado a que pongamos atención a lo que le estamos haciendo a nuestro entorno. Todavía estamos a tiempo de cambiar la narrativa, de escuchar a la ciencia hoy y de tomar medidas para que el futuro no nos agarre desprevenidos.
Por lo pronto, yo voy a terminarme mi chelita, voy a asegurarme de que no haya agua estancada por aquí y me voy a meter a la casa, que el calor sigue fuerte y los mosquitos no perdonan.
Referencias de la investigación
“Mosquitos seem to like beer drinkers who recently had sex” — Popular Science.
“Sí, los mosquitos pican más a quienes beben cerveza” — Factchequeado
“Aedes aegypti: Ecology, Control, and Transmission of Disease” — Nova Publishers
“Qué sabemos sobre el aumento de casos de dengue reportado por los CDC y cómo prevenir esta infección” — Factchequeado
“Projecting the risk of mosquito-borne diseases in a warmer and more populated world: a multi-model, multi-scenario intercomparison modelling study” — The Lancet Planetary Health
“Carlos Finlay and yellow fever: triumph over adversity” — PubMed
“Carlos Juan Finlay, William Gorgas, and Walter Reed and the U.S. Army Yellow Fever Controversy: Competing Historical Memories” — Project MUSE
Créditos
“Frío, tibio, caliente” es un podcast de Factchequeado producido por Sillón Estudios, que presenta información verificada sobre cómo afecta el cambio climático. Narración: Irene García Calvo.
Guiones: Felipe Useche.
Investigación: Felipe Useche, Pablo Convers e Isabel Rubio.
Edición de los guiones: Ana María Carrano.
Edición de audio y diseño sonoro: Maru Lombardo.
Música: Epidemic Sound.
Diseño gráfico: Julieta Licandro Meta.
Producción general: Sara Trejos.
Producción ejecutiva: Laura Zommer.
Agradecemos a Climate Power en Acción por su apoyo para la producción de estas historias.Puedes suscribirte en Spotify, Apple Podcast, YouTube y en otras plataformas de podcast.
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