¿Qué puede enseñarnos el lugar más caliente del planeta sobre nuestra vida cotidiana? Mucho más de lo que parece. En este episodio de “Frío, tibio, caliente”, un podcast de Factchequeado, exploramos el Valle de la Muerte —el lugar más caliente del mundo— para entender cómo el calor altera estaciones y hasta pone en riesgo la salud de algunos latinos que trabajan al aire libre.
Analizamos desde el impacto en cultivos y la floración temprana en Nueva York, hasta soluciones urbanas como los corredores verdes y las normativas de seguridad de OSHA para protegerte en el trabajo.
Transcripción
Si te preguntan dónde crees que queda el lugar más caliente del mundo, ¿qué se te ocurriría? ¿Dirías que… en algún país tropical? Yo pensé lo mismo, te juro que sí. Es normal pensar eso: uno dice “lugar muy caliente equals sol, un poquito de playa, quizás, una isla por allá en medio del mar”...
Pero no. Resulta que el lugar más caliente del mundo… está en medio de los Estados Unidos. ¿Ah? ¿Puedes creer eso?
Es un lugar famoso por su paisaje extremo, sus altas temperaturas y por tener nombre… digamos que chill. Se llama…
El Valle de la Muerte.

El Valle de la Muerte es una zona al sureste de California, en el desierto de Mojave, y tiene uno de los récords menos envidiables del mundo. El 10 de julio de 1913, en un lugar del Valle que se conoce como Furnace Creek, se consignó una de las más altas temperaturas del aire jamás registradas en nuestro planeta: 134 grados Fahrenheit o 56.7 grados centígrados.
Ni el horno de mi casa ha llegado a tanto, la verdad.
¿Sí se entendió? Horno, furnace… bueno.
Pero ya hablando en serio, a esa temperatura estamos hablando de un calor que es más que incómodo.
Mira, yo estuve de visita allá hace poco a hacer una caminata. Y te digo, algo tan básico, como respirar o caminar, se me volvieron actividades des-co-mu-nales. El aire me quemaba las vías respiratorias, me dolía la cabeza de una. Y eso que era invierno.
¿Pero, a ver, cómo puede ser que haya un clima tan extremo en medio de los Estados Unidos? ¿Y, a todas estas, por qué debería importarnos a nosotros, los latinos? Pues porque los golpes de calor, que cada vez son más comunes en este país, nos afectan, sobre todo, a nosotros.
El Valle de la Muerte es hoy un parque nacional y su clima extremo se explica por varias razones. La primera es que es muy seco: las tormentas que vienen del Océano Pacífico se quedan atrapadas en varias cadenas montañosas que el viento debe atravesar para llegar al Valle. Cuando el aire llega, está extremadamente seco, al punto que las lluvias anuales son de menos de 5 pulgaditas. Muy por debajo de otros desiertos del mundo.
Además de lo seco que es, el Valle también rompe otro récord: está ubicado en la cuenca de Badwater, es decir Agua Mala.
Y dale con los nombres acogedores, ¿no?.
Bueno, resulta que Agua Mala es uno de los lugares más bajos de los Estados Unidos: tiene 86 metros por debajo del nivel del mar. Todo esto significa que, en últimas, el valle es un hueco profundo y sequísimo. O sea que es muy pero muy caliente.
A pesar de sus nombres y clima extremo, el Valle también es un lugar repleto de vida y belleza. Tiene cientos de especies de mamíferos, pájaros, anfibios, reptiles, peces y plantas en sus tres millones de hectáreas. El aire es súper despejado y tiene muy poca contaminación lumínica. Es decir que si algún día quisieras ir a ver un cielo lleno pero llenísimo de estrellas, el Valle de la Muerte es tu lugar.
Pero no hay que ir hasta el Valle de la Muerte para notar TODOS los efectos del calor extremo. Me refiero a lo bello, lo malo y lo francamente preocupante.
A principios de 2023, las redes sociales se llenaron de hermosas fotos. Desde Washington DC, la gente compartía imágenes de árboles de narcisos florecidos y vibrantes. Desde Nueva York hacían lo mismo pero con los cerezos. Lindo, ¿no? Hasta yo le di like a las fotos. El tema es que… ese florecimiento era inusual. Estaba pasando EN FEBRERO.
No se supone que estos árboles florezcan en medio del invierno, o sea, si algo es un signo universal de la llegada de la primavera son las flores, ¿no?
El caso es que Nueva York y Washington no son los únicos lugares donde la primavera ha llegado a adelantarse. En amplias zonas del sureste de Estados Unidos, incluidos Texas, Arkansas, Ohio y Maryland, la National Phenology Network, que lleva más de 40 años registrando cambios estacionales, ha detectado señales de primavera una, dos e incluso casi tres semanas antes de lo habitual.
A primera vista, esto podría parecer una buena noticia, ¿no? Menos frío, más luz, más color. Más flores.
Pues no, no lo es. Y es que la ciencia lleva años advirtiendo que este adelanto no es inofensivo.
El cambio climático está alterando los ciclos fenológicos de las plantas, es decir, el calendario natural que regula cuándo brotan, florecen o dan sus frutos. En los ecosistemas del hemisferio norte, lo que está pasando es que las primaveras más cálidas suelen adelantar el inicio de la temporada de crecimiento y aumentar la productividad vegetal al comienzo del año. Y sí, muy lindo esto de la “aumentar la productividad” pero no, no señor… porque el problema que viene después hace que tengamos que dejar todo lo lindo atrás.
Hay estudios basados en datos satelitales, observaciones de campo y modelos climáticos que muestran que este calentamiento temprano genera efectos retardados en otras estaciones: durante el verano y el otoño. En cerca del 15% de los ecosistemas del norte, el adelanto primaveral termina teniendo consecuencias negativas sobre la productividad vegetal más adelante en el año, frente a solo un 5% donde los efectos resultan beneficiosos.
Y hay una motivo que afecta a la floración y que viene con la llegada de la primavera temprana: se llama estrés hídrico. ¿Qué significa eso? Pues mira, un crecimiento acelerado en primavera agota antes el agua disponible; eso deja a las plantas más vulnerables cuando llegan los meses secos y calurosos que, a ver my friend, ya sabemos que en Estados Unidos son cada vez más pesados.
¿Y qué más implica todo este fenómeno del estrés hídrico? Que, claro, las flores aparecen antes… pero también desaparecen antes de tiempo, o sea, todo mal. Y, además, cuando esas plantas son productivas, o sea, de las que comemos tú y yo, un cambio fenológico de esta magnitud se traduce en menos frutos… o, en el peor de los casos, no sé, ¡en ningún fruto! You catch the drill? ¡Hay comidas que podrían DESAPARECER!
Ese es precisamente el escenario que se prevé cuando estos desajustes se extiendan del hemisferio norte hacia regiones mediterráneas y tropicales. Mira, en países como España, Marruecos y Túnez, por ejemplo, cultivos como el pistacho y el almendro podrían enfrentar cosechas tardías o directamente fallidas. Y yo no me quiero quedar sin almendras ni pistachos, I can assure you that.
Y como si fuera poco,, este desajuste no afecta solo a las plantas. Los cambios en el calendario biológico pueden romper sincronías clave entre especies: flores que aparecen antes de que sus polinizadores estén activos, o aves que llegan tarde a un territorio donde su alimento ya pasó su pico. Estas “desconexiones temporales” aumentan varios problemas: 1. el riesgo de colapsos locales, 2. las extinciones y 3. la pérdida de servicios ecosistémicos. Red flags por donde se lo mire.
Fíjate además cómo el problema de la floración temprana está marcando la historia, o sea, la escala es gargatuan en comparación a otros siglos.
Un ejemplo claro lo tiene el Reino Unido, donde un análisis de más de 395 mil registros de floración, que se remontan hasta 1753, muestra que las plantas florecen hoy antes que en cualquier otro período comparable de los últimos 250 años. ¿Ah? ¿Qué tal eso? En promedio, la primera floración se ha adelantado hasta casi dos semanas respecto a siglos anteriores, y eso está estrechamente ligado a, you guessed it right: el aumento de las temperaturas a finales del invierno y comienzos de la primavera.
Así que sí, las fotos de flores en febrero pueden ser bellas. Pero también son una señal de alarma. Porque, bueno, lo que para algunos es un invierno más amable, para muchos ecosistemas termina siendo una carrera contra el tiempo que no pueden ganar.
Toda esta belleza, la de las flores en primavera y en verano, o la de las miles de especies que habitan en lugares tan extremos, no nos puede hacer olvidar lo peligroso que puede ser lo que nos trajo hoy a este episodio: el calor, my friend, el-ca-lor, a ver. Y esto no es un tema de percepción propia, no señor.
Es un riesgo tan alto que, durante el verano, una buena parte de las actividades y zonas del parque nacional del Valle de la Muerte se cierran debido al peligro que representa el riesgo de un golpe de calor.
Lo que le puede pasar al cuerpo es terrible. Cuando se lo somete a las temperaturas extremadamente altas de ese Valle, se sobrecalienta y al no estar acostumbrado a operar sino entre 96 y 99 grados Fahrenheit, comienza a fallar. Los síntomas van desde un dolor de cabeza o náuseas, a otros más severos que incluyen convulsiones, taquicardia; daño al cerebro, el corazón y los riñones. Eventualmente, puede causar la muerte.
Y te tengo OTRA mala noticia: no hay que ir hasta el Valle de la Muerte para verla de frente, my friend. Con el cambio climático, los golpes de calor se están volviendo cada vez más comunes, no solo en los desiertos. Imagínate: entre los años 2000 y 2021, la tasa de mortalidad por calor extremo ha aumentado en un 85%. ¡85%!
Sólo en Estados Unidos, se han vivido en los últimos años una serie de rachas de récords, ESTAMOS EN EL PODIO, DE VERDAD. En Phoenix, en 2023, se registró una temperatura de 119 grados Fahrenheit o 48.3 centígrados, la temperatura más alta de esa ciudad de Arizona desde 2017. En Florida, en 2023, ocurrió algo similar: el New York Times reportó una ola de calor marino que alcanzó los 100.9 grados, un récord para la temperatura de la superficie del mar con preocupantes implicaciones para la fauna marina.
Ya hay consenso científico sobre el incremento de las temperaturas en la Tierra desde el siglo XIX. Según los análisis conducidos por científicos en el Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la NASA, la temperatura promedio global se ha incrementado 1.2 grados Celsius desde 1880 (un equivalente a 2.16 °F), a una tasa de 0.15 a 0.20 grados por década desde 1975. Y eso, aunque suene poco, es lo que nos tiene hirviendo de esta manera.
Cada vez las olas de calor son más intensas, más numerosas y más frecuentes. Según un estudio de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica hecho en 50 de las ciudades más pobladas de los Estados Unidos, en promedio una ciudad sufría 2 olas de calor al año en los años 60. En 2010, ese promedio se había triplicado: a seis por año.
Si eres de algún área urbana te habrás dado cuenta de que allí también el calor puede ser bien intenso. En efecto, lo que pasa es que por esos lares se crean islas de calor. Pasa por varios factores: 1. por la densidad de asfalto, 2. por la escasez de espejos de agua y 3. por las construcciones, que absorben mucho más calor que paisajes naturales. En estas islas aumenta la temperatura de 1 a 7 grados Fahrenheit.
Pero, bueno, no todo son malas noticias. Para hacerles frente a estas islas de calor urbano, muchas ciudades están cambiando para adaptarse y generar soluciones.
En Phoenix, Arizona, están pintando los techos de colores claros, que reflejan más energía de la que absorben. ¡Buenísimo eso! En Malasia hacen lo mismo con sus tejados. Eso hace que reduzcan el uso de aire acondicionado y que, por lo tanto, se reduzca el consumo anual de energía en un 13%. Bien ahí, Malasia.
También se usan árboles como otro punto importante para combatir el calor. Lo que hacen es interceptar la radiación solar antes de que llegue al suelo y que así creen una sombra que reduce en 25 grados Fahrenheit la temperatura en la acera. Así que cuantos más árboles en ese sentido, ¡mejor!
Además, las zonas verdes, como son más húmedas, absorben mucho más calor que los suelos secos. Miremos a la ciudad de Medellín, por ejemplo, en Colombia. Allá se ha logrado reducir la temperatura en dos grados con un proyecto de corredores verdes: plantando estratégicamente árboles y zonas verdes por toda la ciudad.También ocurrió lo mismo con la recuperación del arroyo Cheonggyecheon en el centro de Seoul en Corea del Sur. Allí las temperaturas en la zona bajaron hasta en 9°F Fahrenheit debido a la disminución del tráfico, la proximidad de agua fría, y el aumento del 50% en las velocidades medias del viento después de que quitaron la autopista y lo llenaron de árboles.
Cuando pienso en las ciudades del futuro bajo el calentamiento global, pienso en cómo las prioridades políticas deben enfocarse en eso, en fortalecer estrategias urbanísticas: en techos verdes, en zonas con árboles, en asfalto permeable… en convertir esas islas de calor… en islas de bienestar.
Marca registrada, por cierto.
Cuando empezamos este episodio hablamos de que cuando pensamos en calor, muchos imaginan trópico, candela, playa… y latinos. Pura sabrosura.
Pero el calor cada vez tiene menos de sabroso, sobre todo para nosotros. Porque somos los latinos, hombres y mujeres, quienes sufrimos más los efectos del calor extremo producto del calentamiento global, según cada vez más evidencia científica.
Por ejemplo: los migrantes latinos en Estados Unidos estamos sobrerrepresentados en trabajos donde el calor es un riesgo muy común. Más del 70% de los trabajadores agrícolas son hispanos y al menos un tercio de los trabajadores de construcción también. Ambos son sectores con largas jornadas al aire libre que exponen a sus trabajadores a los peligros del calor extremo y las islas de calor urbanas. En promedio, según un estudio del Adrienne-Arsht Rockefeller Foundation Resilience Center, los latinos experimentan alrededor de entre 40 y 45 días al año con temperaturas superiores a los 90 grados fahrenheit, a diferencia de los trabajadores blancos, que pasan de 25 días a 30 días en esas temperaturas.
Por un lado está el problema de la sobreexposición, sí, pero a eso se suma algo también grave: las condiciones de muchos de esos trabajos. En el caso de la agricultura, el 66% de los trabajadores son inmigrantes sin documentos, lo que sugiere que muchos de los trabajadores más vulnerables frente al calor extremo y sus secuelas para la salud no cuentan con las protecciones legales de un trabajo formal. O sea, quedan aún más expuestos a las consecuencias de los golpes de calor.
Sumado a esto, una proporción significativa de hogares hispanos no tiene aire acondicionado, ¡imagínate! Según la organización KFF Health News, un 14% de los hogares hispanos no tiene este servicio, lo que agrava el riesgo para su salud durante temperaturas altas.
Y esto es un problema también para los ingresos de los latinos. ¡Es que nos atraviesa el bolsillo, nos atraviesa por todas partes! Si miramos hacia el futuro, los modelos climáticos indican que sin acciones para frenar el calentamiento global, millones de trabajadores podrían perder ingresos porque las altas temperaturas limitan sus horas laborales y afectan su productividad.
Eso podría profundizar las desigualdades económicas y de salud que ya existen hoy para nosotros los latinos.
El resultado para nosotros es que estamos bajo una combinación peligrosa de riesgos para la salud, pérdida de ingresos y vulnerabilidad social. Y esto requiere medidas claras de prevención y protección. Cuando las temperaturas dentro de nuestros propios hogares empiezan a parecerse a las del Valle de la Muerte, se vuelve urgente educarnos y cambiar antes de que las temperaturas extremas dejen de ser un dato curioso y se conviertan en una realidad peligrosa de nuestra vida diaria.
Frente a esta crisis se han tomado algunas medidas en California, Washington y Oregon, pero los expertos concluyen que son insuficientes. En 2024, OSHA, es decir, la agencia de Administración de Seguridad y Salud Ocupacional, que establece normas para garantizar condiciones de trabajo seguras y saludables, propuso una norma para proteger a los trabajadores del calor que exige a los empleadores tener un plan para controlar los riesgos del calor. Así que take notes, porque esto te puede ayudar en tu propio trabajo.
El Instituto Nacional de Seguridad Ocupacional recomienda enfriar los entornos de trabajo, capacitar a los trabajadores en los peligros del calor, suministrar agua constantemente mientras se trabaja y pasar las tareas de mayor exposición a las horas más frescas del día. Si hay síntomas de golpes de calor hay que tratarlos como una emergencia médica. 911 ASAP, mover a la sombra e intentar enfriar a la persona con agua fría o hielo si es posible.
Ah, y obvio, usar gorras y protector solar, my friend. Siempre. No lo digo yo, lo dice OSHA. Porque el calor no distingue entre turnos ni profesiones: nos afecta a todos. Aprender a reconocer sus riesgos, anticiparnos y cambiar hábitos cotidianos ya no es una opción, es una forma básica de cuidado colectivo.
El calor extremo ya dejó de ser una rareza climática, my friend. Pasó a ser parte de la vida diaria. Al final, la diferencia entre una anécdota simpática sobre el calor, como cuando fuimos de excursión al Valle de la Muerte, a una emergencia real está, muchas veces, solo en una cosita chiquitita: en qué tan preparados estamos para enfrentarlo.
Créditos
“Frío, tibio, caliente” es un podcast de Factchequeado producido por Sillón Estudios, que presenta información verificada sobre cómo afecta el cambio climático. Narración: Irene García Calvo.
Guiones: Felipe Useche.
Investigación: Felipe Useche, Pablo Convers e Isabel Rubio.
Edición de los guiones: Ana María Carrano.
Edición de audio y diseño sonoro: Maru Lombardo.
Música: Epidemic Sound.
Diseño gráfico: Julieta Licandro Meta.
Producción general: Sara Trejos.
Producción ejecutiva: Laura Zommer.
Agradecemos a Climate Power en Acción por su apoyo para la producción de estas historias.Puedes suscribirte en Spotify, Apple Podcast, YouTube y en otras plataformas de podcast.
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